Wanamei: El Arbol de la Vida

Wanamei: El Arbol de la Vida – Relato de Julián Dariquebe Jerehua – Poblador de la comunidad de Queros

«Mucho tiempo atrás nuestros antepasados no contaban el tiempo, vivían de manera armónica y sin conocer la muerte, pasando la mayor parte del tiempo protegiéndose de las constantes y torrenciales lluvias. Pero hubo una época en que se produjeron grandes cambios e incluso la supervivencia de la gente se vio seriamente amenazada, logrando sobrellevar esa etapa el Wanamei, el árbol de la vida.

Esta amenaza surgió como resultado de un conflicto entre el fuego y el agua, manifestados a través de un gigantesco incendio y una gran inundación, que iban cubriendo todo el territorio y aniquilando a familias enteras, además de todas las personas, animales y plantas que encontraban a su paso.

Sin embargo, los pobladores se enteraron que en un determinado lugar crecía al Wanamei, un enorme árbol amigo donde muchas personas al subirse sobre sus ramas se habían salvado de las amenazas del incendio y la inundación.

Por ello se fueron a buscar el árbol, pero al llegar al lugar no encontraron al Wanamei, por lo cual disminuyeron sus esperanzas de sobrevivir, sin embargo, al poco tiempo apareció el loro Jokma, quien les ofreció la posibilidad de traerles la semilla del Wanamei si a cambio de esta le ofrecían a la doncella virgen mas joven que había entre ellos.

El grupo aceptó las condicione del loro, y este les brindó la tan ansiada semilla. Al poco tiempo de plantarla, el árbol empezó a crecer y a desarrollar frondosas ramas. Los pocos sobrevivientes que quedaban, incluyendo personas y animales, subieron inmediatamente al árbol, pero algunos de ellos no lograron salvarse por que fueron alcanzados por las llamas o porque el humo no les permitía respirar.

Los que lograron alcanzar las ramas más altas permanecían inquietos, porque los ciclos normales del día y la noche habían desaparecido, permaneciendo todo el tiempo en la oscuridad. Ocasionalmente, cuando las aguas o el fuego se acercaban, ellos pedían al Wanamei que crezca un poco más para que puedan salvarse, y el árbol obedecía.

De ésta manera, el fuego empezó a apagarse hasta que un tiempo después desapareció, pero la tierra continuaba caliente y suave, por lo cual los habitantes del árbol todavía no podían bajar. Las pocas personas y animales que descendieron de manera prematura se hundieron en el suelo y desaparecieron.

Entonces los pobladores tuvieron que permanecer en el Wanamei por tiempo indefinido. Como eran tan pocos, se casaron y convivieron entre hermanos, estableciendo relaciones incestuosas que no estaban permitidas. Como resultado de la trasgresión a estas normas, las personas empezaron a morir después de poco tiempo. Desde entonces las personas conocen la muerte tal como es ahora.

El árbol de Wanamei estaba molesto por la conducta de las personas, por lo cual empezó a balancearse para hacerlos bajar. Cuando el árbol se movía, algunas personas caían al suelo y ya no volvían a subir, y lo mismo pasaba con muchos animales que resbalaban. Un tiempo después, las aves empezaron a volar y a explorar el estado del suelo, hasta que un día éstas comenzaron a cantar, indicando la proximidad de un amanecer que no habían visto en mucho tiempo, y el retorno de las condiciones de vida favorables. Después de eso la luz apareció, pero en el suelo no quedaba nada de lo que había antes.

Sin embargo, bajaron del árbol y se establecieron nuevamente en la tierra. Al poco tiempo empezaron a brotar algunas plantas comestibles que sirvieron para su alimentación, pero después de eso las personas se volvieron torpes y olvidaron muchos de sus conocimientos anteriores, y así como hemos visto hasta ahora»

A continuación, se presenta una de las versiones de este mito:

“Nosotros, los Harakmbut, tenemos nuestra propia historia acerca de la creación de nuestro pueblo. Es una historia que viene de hace mucho tiempo atrás y habla de fuegos terribles e inundaciones gigantescas, como jamás se han vuelto a ver. 

Cuenta la leyenda que hace mucho, mucho tiempo, hubo un gran incendio en la selva. Un incendio maligno, que avanzaba destruyendo todo y hacía huir de sus territorios a los clanes formados por nuestros antepasados. Nada se salvaba del hambre de las llamas. Los animales, los árboles, las plantas, incluso los peces del río aparecían muertos, flotando, hervidos en su propia agua.

Era horrible, el cielo se había cubierto de humo y la gente comenzó a creer que el mundo entero, la selva, terminaría envuelta por el fuego. Los soñadores de cada clan, ancianos visionarios que veían lo que ocurría en otros lugares a través de los sueños, alertaron a los jefes, ¡la selva se quema! ¡la selva se quema! Y los jefes decidieron reunirse.

Cuando se encontraron, y mientras discutían qué hacer, el soñador más importante notó un lorito que daba vueltas sobre ellos. Lo observó con más atención y vió que llevaba una semilla y una ramita en las patas. Entonces, habló.

– He soñado con ésta ave, el loro Jokma, que viene a ayudarnos para evitar el fuego. Hay que entregarle a una mujer. La mujer debe estar desnuda y acostada hacia arriba, mirando al cielo…

Entonces trajeron a una mujer. El loro Jokma bajaba, la observaba, pero no entregaba su semilla. Así pasaron varias mujeres, de distintas edades, todas madres o jóvenes que ya habían conocido a algún hombre. Y nuevamente, el loro Jokma bajaba, la observaba, pero no entregaba su semilla.

Entonces el jefe de todos los clanes llamó a su propia hija, una doncella aún virgen, una niña. Cuando el loro Jokma la vió, descendió y la observó con calma. Luego de unos momentos, depositó la semilla entre sus piernas. Y rápido, rápido, comenzó a crecer un árbol nuevo, desconocido incluso para los más ancianos.

– ¡Este árbol, enviado por los Dioses, nos ayudará a escapar de las llamas! -anunció.

Al tiempo el fuego rodeó toda la aldea, y los soñadores pidieron ayuda al árbol, que bajase su copa para poder trepar a él y salvarse de las llamas. El árbol, respondiendo a sus ruegos, bajó. Y todos los habitantes de la selva subieron a él. Todos, incluyendo a los animales que eran amigos del hombre y los que eran sus enemigos, como la serpiente y el otorongo.

Pero el fuego creció y creció, ¡arrasando con todo! Y llegó hasta la base del árbol, tan cerca que la gente sentía que se quemaba la planta de los pies. Entonces los soñadores volvieron a pedirle al árbol. 

– ¡Crece árbol encantado! ¡Crece! ¡Así evitaremos el fuego!

Y el árbol respondió elevándose con fuerza y sacudiéndose a las malas personas, que caían a las llamas. Todos, los soñadores, los jefes y la gente del pueblo, asombrados, comenzaron a cuidar al árbol que se había convertido en su protector. Les daba refugio, frutas y comida para que no murieran de hambre. Y le llamaron Wanamei, el árbol encantado.

Cuando la selva quedó arrasada, el fuego cesó. Pero empezaron las lluvias, tan intensas que provocaron grandes inundaciones.

Todo lo que empieza también tiene un final. Por eso, después de muchos meses cesaron las lluvias. Salió el sol, pero el suelo se había convertido en un pantano gigantesco y todo lo que caía en él era devorado por la tierra. Los hombres comenzaron a tirar lanzas y flechas para comprobar la firmeza del suelo, pero una tras otra desaparecían hundidas en el barro. Así fueron pasando los días, y después las semanas y los meses, todo el pueblo vivía trepado en el árbol encantado que les había salvado la vida. 

Un día alguien lanzó su lanza y la punta quedó a la vista. Ese día hubo una fiesta en el árbol. Una fiesta sencilla porque tenían muy poco, pero como hacía mucho que no hacían una fiesta todos la disfrutaron como si fuera la fiesta más grande de la historia. Había esperanza, algún día podrían bajar del árbol y pisar la tierra.

Esperaron, esperaron y cada día la lanza se hundía menos. Aunque el suelo de la antigua selva continuaba embarrado, algunas familias comenzaron a bajar del Wanamei y a alejarse en distintas direcciones. Estos formaron los pueblos de los Matsiguenka, los Yine y otros que viven aún más lejos, tan lejos que ya hace tiempo que no se tiene noticias de ellos.

Los que se quedaron en el árbol y bajaron cuando la última lanza rebotó contra el suelo, fuimos los Harakmbut. Y nos quedamos a vivir aquí, junto a la selva del Manu, alrededor del Wanamei, para protegerlo como él nos había protegido a nosotros del fuego y de la lluvia”.